No me era fácil asumir la condición de estar indefenso contra el universo, desde el momento en que oí eso de la fuerza de gravedad, y de que no estamos adentro, como yo creía, sino del lado de afuera del planeta, totalmente expuestos a que a la gravedad se le de un día por aflojarse y nosotros salir por el aire como esos globos que sueltan en las fiestas, no podía ni mirar el cielo reflejado en un charco que el miedo me invadía y tenía que salir corriendo y atarme al algarrobo, donde ya tenía preparado mi equipo de emergencia con algunos paquetes de galletas y tres botellas de agua por las dudas. Esto ya no era vida, vivir con los bolsillos repletos de piedras para hacer contrapeso, los pies endurecidos por las plantillas de chapa y la espalda dolorida de tanto cargar la cadena con que iba a sujetarme en caso de sentir un leve ascenso, me había convertido en un atado de nervios.
Esta sensación terrible de no poder uno aferrarse a nada, porque nada es seguro, y de no saber en que momento se está cabeza abajo del planeta corriendo más peligro de ser expulsado y caer como caen las migas de pan cuando se sacude el mantel me tenía desbordado.
Una noche en la que observaba a mis amigos jugar en la vereda; resguardado claro, por la ventana y una parva de libros puesta estratégicamente sobre mis rodillas, comenzó a preocuparme la idea de ser el único sobreviviente en caso de que la gravedad enloquezca y se decida a tomar vacaciones sin previo aviso, ya que nadie tomaba recaudos frente al peligro inminente.
En ese momento interrumpió mis pensamientos el rebote histérico de una pelota que se insinuaba a través del vidrio, dejé los libros sobre la cama y por primera vez en mucho tiempo me sentí liviano como una pluma, después de todo la imaginación no pesa nada…
11/03/2010

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