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Cuidad de mi rebaño, de Javier Molina (seleccionat de febrer)


Se va acercando la hora y el miedo vuelve a impregnar el aire que respiro. Mis ovejas también lo notan. Agachan sus cabezas mientras se hacinan en un lado del cercado, como hacen los bancos de peces que quedan a merced del depredador. Se diría que juntasen sus miedos para hacer bueno el refrán que habla del consuelo de los tontos. Es luna llena y el aullido de los lobos suena a lo lejos, quizá respondiendo a la convocatoria de un aquelarre ancestral de sangre.
Sé que nada puedo hacer, salvo sentarme y rezar.
Al fin amanece y tras cuatro noches de incertidumbres, la luna comienza a menguar. Me acerco al establo a paso de pesadumbre y cuento las cabezas de mi rebaño. No sé si achacarlo al frío, al sueño o al miedo, pero vuelvo a contar porque las cuentas no me salen. Quiero decir que sí me salen, pero no me lo creo. Me convenzo de que, en efecto, son las mismas que tenía cuatro días antes. Así que me acerco a las ovejas y, arrodillado, las abrazo con la alegría que inflama a un padre orgulloso de su prole. Se deslizan mis lágrimas mejilla abajo mientras siento el calor de sus cuerpecitos, temblorosos aún.

Pero es al ponerme en pie cuando noto una tensión que aquieta el aire. En medio del silencio las ovejas fijan en mí su mirada con ojos de cazador. Se les ha erizado la lana y sus orejas gachas de ganado manso se han sublevado apuntando a la luna como las de un licántropo. Mientras unas se relamen, otras dejan ver sus dentaduras de donde cuelgan unos terribles colmillos de marfil. Retrocedo poco a poco y salgo del establo procurando no darles la espalda. Entonces echo a correr hacia la casa, con la desesperación de esos lobos que anoche mismo aullaban a la luna llena. Ahora comprendo por qué lo hacían. Entro en casa y cierro puertas y ventanas. Me acurruco en el rincón opuesto, mientras oigo las pezuñas de mis ovejas rasgando las paredes de madera.

Sé que ya nada puedo hacer, salvo sentarme y rezar.


11/03/2010
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