Lo vi allá a lo lejos, parado en mitad del camino, agitando los brazos y gritando:
—¡Para! ¡Para!
Yo seguí pedaleando y le grité, a mi vez:
—¿¡Por qué!?
Y él repitió:
—¡Para! ¡Para!
Hasta parado quería estar por delante, maldito cabrón. Esta vez le sobrepasaría, por fin. Pedaleé con más intensidad.
Entonces me tragué la zanja.
Mientras intentaba separar mi cuerpo del amasijo de tierra, sangre y hierros retorcidos, me espetó:
—¿Estás tonta o qué? ¿No te dije que pararas?
—¿Y por qué tendría que haber parado? —pregunté, escupiéndole a la cara la muela del juicio.
11/02/2010

226 visites