Sabía que había muy distintas maneras de comunicarse, de aportar una información, de codificar un mensaje en el que, a través de un lenguaje común, en la mayoría de los casos fonético, dos personas culturalmente semejantes, o no tanto, pero al menos capaces de entenderse y emitir sonidos con una cierta lógica, pudieran establecer una relación más o menos durable. También había estudiado, por parecerme de extraordinario interés, aquellos otros códigos, en absoluto simples y reducidos, que no requieren de un idioma determinado y concreto para ser capaces de transmitir el recado, sino que se basan en gestos universales, señales visuales o auditivas, también llamados por los expertos lenguajes icónicos, como el famoso de las banderas, que, en un baile singular y enigmático para los extraños, tan pronto informa de que «Mi ancla está garreando» como ordena con brusquedad y una absoluta falta de educación que «Pare su buque inmediatamente». Lo que no había llegado a prever es que la colada de doña Magdalena, el orden estricto en que tendía la ropa interior, o, incluso, el matiz de los colores de las prendas expuestas en un orden armónico, con especial atención al tamaño de las mismas, pudiera esconder un lenguaje críptico para el vecindario pero perfectamente legible para aquel hombre que de vez en cuando aparecía con una moto de alta cilindrada, vestido de negro y botas militares, y deambulaba tranquilamente durante unos minutos frente a la fachada de la casa, hasta que, casi seguro de que nadie lo observaba, entraba con su propia llave a gozar de una tarde de amor insospechada.
11/02/2010

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