La página que perdí en el océano incluía aquel brevísimo relato de Nabokov, el del hombre que -acodado en la borda de un elegante piróscafo- pierde, en la inmensidad del océano, un par de gemelos de plata. Hoy, no sin fascinación, debo reconocerlo, cuando he visto a mi criado regresar de la feria con un sábalo fresco, recordé el final de aquel relato: el hombre de los gemelos perdidos un buen día compra un sábalo, y al abrirlo, en sus entrañas, inesperadamente, no encuentra los gemelos.
¡Implacables telarañas de la metaficción!, exclamé hoy, delectado, cuando –no sin desafuero, avasallando incluso los menesteres del servicio– al abrir mi sábalo, y para mi sorpresa, en vez de no encontrar en sus entrañas la página que perdí en el océano, no encontré aquel célebre par de gemelos de plata.
14/01/2010

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