Los niños, como viejos, polvo y mocos, entraron en la casa, tierra y cañas. El perro siguió fuera, ya sin rascarse apenas, al sol y al viento, al cielo como siempre, grande y seco. Desde sus dos silletas las dos mujeres, en la penumbra ciega sin ventanas, miran hacia el rincón, hacia el camastro oscuro, sólo un burruño del que de vez en cuando sale un ronco gruñido. Miran lo que fue lumbre, una roñosa brasa entre dos piedras. Hoy ni se muere padre ni cenamos.
10/12/2009

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