Una mañana, haciendo cola en la panadería, un cliente arrimado a Juan comentó que visitaba la ciudad y se hospedaba cerca, indicó que tenía el turno número 47, y le preguntó:
¿Por que número están llamando?
Nadie llegó a responderle, al instante, delante de él, el vecino cayó desmayado. Por precaución hicieron salir afuera el resto de la clientela, mientras, murmuraban sobre el incidente, comentaban que nadie conocía al caído.
En seguida arribó una ambulancia con médicos. A los minutos salieron llevándose al afectado, cubierto con blanca sábana, había muerto de un infarto.
Apesadumbrado, tratando de entender, Juan pensaba que podría haberle sucedido a él, allí comprendió que tampoco nadie lo conocía, igual que al anónimo vecino.
Al día siguiente compró todos los diarios, recorrió todas sus páginas, buscó especialmente las secciones policiales, y se percató que no mencionaban el hecho. Rebuscó en los avisos necrológicos, y había muchos difuntos, pero nada que los relacionara al incidente en la panadería, ninguno con una dirección cercana.
No salió nada de nada. Ni ese día, ni el siguiente, ni toda la semana. Solo se referían a decenas de Pedros, Josés, Carlos, Félix, Agustines y Juanes, que surgían de los avisos de los que ya no existían. Probablemente también fueron números, pero en la lotería de la Parca.
Trató de recordar si habría mencionado el nombre. Pero no, jamás sabría quien murió, y eso que estuvo frente suyo, aguardando el pan. Ni nombre, ni historia, ni quien lo esperaba. Solo recordaría que esa mañana murió un vecino, comedido, que hacia cola junto a él y sin darle tiempo a responder.
Después que retiraran el cadáver, se reabrieron las puertas de la panadería y, apacibles, todos retornaron con sus números, esperaron el turno, sin saber unos de otros, desconocido por los vecinos e ignorados por muchos. Prosiguió el llamamiento desde el 25, hasta llegar al 47 -que nadie contestó- ; luego llamaron al 48, y era el número de Juan.-
10/12/2009

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