A mi padre le pierde el pelo. Concretamente, el que le falta. Por eso no soporta que a otros les nazca, recio y tupido, en las mismas cejas. “Son cabreantes”, dice. Por eso se ha hecho ya dos trasplantes, a pesar de lo mucho que le horroriza la sangre. Y ha vuelto a casa ufano y orgulloso, mostrando su cráneo cual trofeo agujereado. “¿Qué le pasa a tu padre? ¿Está enfermo?”, preguntan los vecinos con malicia. “Bueno, no se encuentra bien”, contesto como si nada. Para mantenerlos a raya. Porque mi padre, sin raya, es vulnerable. Y hay que defenderlo. Como en la playa.
A mí me gusta la playa: me gusta nadar, bucear, flotar en el agua, el sabor a sal, las gotas en la piel, el sol que las evapora. Pero, con diferencia, lo que más me gusta es peinar a mi padre. Y es que, con el pelo mojado y aplastado, mi padre no es nadie. Él lo sabe. Por eso, en cuanto sale del agua, me tiende el peine, suplicante. Se lo arrebato al vuelo. Mi padre está en mis manos. Mi padre, ese ser lejano e inaccesible, que siempre está trabajando, leyendo o viendo la tele, y al que nunca, nunca, hay que molestar, me necesita. En bañador y rezumando agua, lo encuentro desvalido. Me esmero por devolverle la compostura mientras él, impaciente, repite sin cesar: “¿Estoy bien, estoy bien? ¿Cómo estoy?”.
No lo sé, papá. Estás raro. Pero es raro un muerto. Así que, aturdida por el continuo goteo de gente, abrazos y lloros, no le doy importancia. Estás raro y punto. Entonces, caigo. Entonces, lo veo. Más bien, no la veo. La raya, esa raya detrás de la cual se parapetaba mi padre. Esa frontera que no había que traspasar. Su muralla, sus defensas, su fortaleza. Venidas abajo. Le han engominado el pelo hacia atrás, en un peinado absurdo e indescriptible. A la vista de todos. “¿Estoy bien, estoy bien?” No, papá. Estás muerto.
Muerto y sin raya, pareces un desconocido. ¿Pareces? La muerte descubre entre nosotros un foso insalvable, surcado por todas esas malditas rayas que no supimos derribar en vida.
10/12/2009

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