Cuando Héctor atravesó la estepa para rescatar a su prometida, tropezó con la única piedra que se hallaba en el camino y supuso que ese sería su último obstáculo. Cabalgando de regreso a su reino, con la prometida aferrada a su espalda, comprendió la medida de su error: ella le hablaba ininterrumpidamente acerca de su gratitud, de la gratitud de su familia, de su amor ahora eterno e inconmensurable y del mutuo bienestar futuro, ambos a salvo dentro del palacio. Sobre el fin del crepúsculo, Héctor se imaginó encarcelado en su propio reino, observado a diario por una familia ajena y con una esposa hablándole constantemente sobre la felicidad de estar juntos y en paz. Leguas antes de llegar al reino, desde un acantilado, Héctor arrojó a su prometida al mar, siguió viaje y al regresar al palacio notificó que su enemigo había asesinado a su amada y declaró la guerra que lo llevaría a la fama, a la historia, a la admiración y a este texto. Murió a los noventa años en brazos de la hija de su amante, luego de una noche memorable. Su epitafio lo recuerda casto y doliente.
12/11/2009

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