Por fin pudo Frau Ölgärtner asomar su rostro a la superficie. Lloró con los ojos, la nariz y los dientes llenos de barro. ¡Cuánto tiempo había pasado! Casi un lustro había transcurrido ya, desde que se encerrara con su familia en el típico refugio de aquellos años. Sus manos eran más venas que piel. Las miró con dolor, se habían vuelto ásperas y casi escamosas. Arrancó desesperadamente las fresas, las que supuso, habían sido cultivadas por el nuevo ocupante de la que fuera su casa. Las comió con20voracidad: siempre el mismo sabor... Lloró amargamente, y luego miró nerviosa y escéptica a todos lados. Dio un gran suspiro. Ya no había más aviones amenazantes, ni tanques, ni perros sarnosos alimentándose de tripas. Pero todavía le quedaba ese sabor agrio, de los corazones de su esposo y sus hijas, en la boca.
12/11/2009

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