Siendo ciego fue feliz. Sesenta años de ceguera pasiva lo acompañaban, hasta ayer, cuando despertó con el sol en la cara y la vista restaurada. Maldita sea. Pobre hombre. Las paredes de la alcoba eran verdes, a quien se le ocurre color tan nefasto. Se levanta de la cama y sin tropezar llega a la cocina. La mujer no se inmuta y le ofrece la taza de café. – Vieja, recupere la vista- dice melancólico. La mujer lo mira triste, como quien mira a un desahuciado.
- Mi taza es roja- reconoce el hombre con los ojos fijos en el pocillo.- siempre la pensé negra. No sabía que era roja.
- No se preocupe, viejo, que todavía esta ciego- la dice la mujer.- Vuelva a la cama- ordena.
El viejo se niega y corre a la ventana. Abre las cortinas. La vieja lo sigue desde la cocina y desde atrás escucha al hombre murmurar lo que tanto temía: aquí no es donde vivo, y usted no es mi mujer.
-Viejo, escuche lo que digo, vuelva a la cama. Todavía esta ciego.
El hombre voltea y la mira. Ve sus ojos cansados que le imploran en silencio regresar a la pieza. Gira y descubre su propio reflejo en el espejo. Un rostro diferente al que recuerda. Unos ojos cambiados. Deja la taza en la mesa y camina hacia el cuarto, toma las tijeras de la vieja y en ya en puerta de la alcoba da una última mirada a las paredes verdes y con las tijeras oxidadas se saca los ojos. Las entierra profundo en las cuencas. Primero el derecho, luego el izquierdo. Se tiende en la cama, feliz de saber que ya las paredes no son verdes y que su taza ahora es negra. La mujer lo mira complacida cuando el viejo dice entre sollozos: tenía usted razón viejita, todavía estoy ciego. Limpie usted la sangre, porque yo no la veo.
12/11/2009

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